Entre la condensación del aire viciado del abarrotado vagón de metro, él captó toda mi atención. Estaba situado a mi derecha invadiendo con descaro mi espacio vital debido a la saturación del vagón, pero lejos de molestarme o violentarme, aquella persona perfumada por un halo de misterio me intrigaba de una manera descarada.
Ni siquiera le había mirado a la cara.
Lo primero que llamó mi atención fueron sus botas, en realidad sólo alcanzaba a verle la derecha. Una bota grande y ajada que anhelaba melancólica aquel día en que fue negra y lustrosa. Una bota venida a menos, ahora apenas se podía adivinar algún resquicio de cuero gris agrietado intentando asomar entre el barro que la vestía.
(Pensé: triste bota
Escudada en el barro
Ocultando el desgarro
Que provoca
Ver que el tiempo se agota.
Orgullosa bota
Que no admite una derrota
Morirá en la batalla.
Una bota soldado nunca falla
Así sea el que la vista un canalla.
Nació para servir a su patria
Y aún cambiando de dueño
No cesará en su empeño)
Mi mirada ascendió por sus pantalones tejanos de color verdoso, desgastados por mil aventuras que mi mente les atribuía, pero no se por qué, tuve la sensación de que él no había sido el encargado de desvirgarlos.
Seguí ascendiendo por esos pantalones que se me antojaban deseosos de escribir su biografía con orgullo, cada agujero, cada mancha, me relataba una historia diferente y me nutría de una sed de querer más. Ascendí imaginando sus piernas largas y delgadas, firmes y fibrosas, licenciadas en el arte de huir, diplomadas en el arte de sobrevivir. Un arte no reconocido, pero artista al fin y al cabo. Continué mi ascenso por el camino angosto y desdibujado de sus costuras hasta encontrarme con su mano. Una mano gruesa y castigada." No es la mano de un intelectual o de un acomodado ejecutivo, ni siquiera la de una persona que trabaje bajo techo", pensé, esa mano no pertenecía a una persona de vida fácil. Sus dedos gruesos y sucios me contaban una lucha adversa contra un mundo en el que no se sienten aceptados o quizás simplemente no hayan encontrado su lugar.
Sus uñas cortas en exceso me relataban la preocupación de su dueño. Sus heridas, algunas fermentadas en cicatrices, otras aún por sanar, me contaban con una franqueza que me dolía, su lucha por la supervivencia.
Esa mano, que posaba su dedo pulgar sobre la comisura de su bolsillo, hechizó mi mirada de una manera que rozaba la desvergüenza teniendo en cuenta la altura a la que se encontraba. De repente sentí la sensación de que el mundo se paraba, (tendré que dejar de ver películas de fantasía) y efectivamente se paraba, pero no el mundo, sino el metro en una estación.
Roto el hechizo, y vacío el metro decidí tomar asiento.
Iba yo con la mirada fija en el suelo tratando de despertar de mi ensoñación, cuando al cabo de un rato descubrí en frente de mí esas botas amigas. Ahora no podía dejarlo escapar, una fuerza interna. me obligaba a ascender por su cuerpo en reposo en el asiento de enfrente. Estaba nerviosa, necesitaba saber más, y busqué respuestas en su torso. Un torso fuerte, cubierto por un jersey de lana gris. Una lana gruesa de las que apenas hoy se encuentra, una lana que me traía recuerdos de mi infancia, cuando mi abuela me tejía una bufanda por Navidad. Así entendía yo la fabricación de ese jersey, desde el amor y la dedicación de un ser querido.
Y así seguí ascendiendo por su ancho cuello dejándome llevar por el ritmo acelerado que bombeaba en su yugular. Esa nuez dictadora presidiendo en el centro de su garganta, opresora de gritos que luchaban por salir a contar al mundo la impostura de su envase.
De repente me vi nadando en la marea de esa barba negra y brava de tres días, que cubría ese rostro cuadrangular, y luchando contra el oleaje de sus rasgos naufragué en su boca.
Boca carnosa, ligeras llagas enturbiaban su pálido rosa, pero no obstante, si tuviera que adjetivarla en una palabra no podría sino sustantivarla:"Pandora". Pues como aquella caja, la tensión se sus labios encerraban mil males que deseaban salir. El terror de imaginarlos me pudo y decidí continuar mi viaje hacia su nariz.
Una nariz ligeramente grande sin ser ancha, ligeramente larga sin ser aguileña, ladeada por unos perfectos pómulos de piel a pesar de castigada, perfecta. No me pareció una nariz torpe , sino todo lo contrario, una nariz experta en olores como sólo Patrick Süskind sabría describir, y no seré yo quién trate de intentarlo, bueno sí, por mis cojones (debería dejar de escribir mis luchas internas, maldito orgullo...mierda) una nariz poseedora de un olfato más allá de los olores, una nariz capaz de oler el peligro, el miedo , la verdad , los sentimientos...una nariz capaz de describir con los ojos cerrados hasta el más íntimo secreto de toda la gente desconocida que le rodeaba. Eso me violentó, sentí vergüenza por examinarlo de tal manera, de repente sentí que él olía mis pensamientos y tratando de evitarlo seguí ascendiendo.
Pasé de largo sus ojos, aún no estaba preparada para lo que intuía que iba a ser el duelo final, y aparqué en su pelo.Un pelo fuerte y espeso, liso y corto, pero no en exceso, digamos que para ser corto había faltado a la cita en la peluquería los dos últimos meses. Un pelo exento de brillo, salvando alguna cana que intentaba aclarar su negrura. Tengo la estúpida manía de fijarme si la gente tiene piojos, algún trauma infantil, él definitivamente no los tenía, los piojos van al pelo limpio (mierda, ahora me pica la cabeza... ¿me rasco, no me rasco?.. si me rasco voy a perder todo el glamour. y si no me rasco se me va a enquistar el picor hasta hacerse insoportable, bueno me voy a rascar disimuladamente). Una vez finalizado el escáner desparasitario resbalé por su frente que no debía de ser muy ancha porque enseguida aterricé en sus cejas, o quizás si, no podía saberlo tenía el ceño fruncido y dos arrugas le robaban el trozo de frente que le faltaba. (¿Por qué fruncía el ceño? ¿Me lo estaba frunciendo a mí? Mierda, al rascarme he perdido toda mi feminidad....Marta, céntrate, mírale a las cejas, como si no te hubieras rascado, con naturalidad...)
Me posé en sus cejas negras y espesas, y una ligera sonrisa invadió mi expresión, no sé porqué pero agradecí que no fuera cejijunto.
Ahora llegaba el momento cumbre, sus ojos me iban a aclarar todas mis dudas, aspiré profundamente y me introduje en esos ojos de color avellana, de forma de almendra, amurallados por unas largas pestañas negras. Ojos hechiceros, pero a la vez inseguros, evadían mi mirada y al hacerlo, inconscientemente, me regalaban el control de la situación. Borracha de poder mantuve mi mirada fija en esa mirada escapista que erizaba cada parte de mí ser forzando, quizás, ese cruce que tanto ansiaba y por fin se produjo. El posó su mirada en la mía, y una ola de calor recorrió mi cuerpo cebándose seguramente en mis mejillas y tiñéndolas de rojo. Su mirada me turbaba, estaba incómodo, no quería ser observado, y de alguna manera me rogaba que parara. Esto provocó en mi pecho un dolor punzante, como si me acabaran de echar encima una jarra de agua helada y no pude más que agachar la cabeza de vergüenza.
Fijé mi mirada en el suelo deseando llegar por fin a mi estación y cada segundo se me antojaba una eternidad. De repente vi esas botas amigas avanzando y aparcaron delante de mí. Una enorme angustia invadió mi ser, era él, no había duda, me buscaba a mí. Temerosa y nerviosa volví a ascender por sus piernas pero ahora la situación había cambiado, yo estaba sentada y él estaba de pie. La cremallera de su pantalón frenó mi ascenso volviéndome loca imaginando los secretos que escondía, no podía apartar mi mirada obscena de sus caderas, por mucho que lo intentaba mi cuerpo no respondía a mis órdenes. Sentí que el mundo iba frenando poco a poco, pero no era el mundo, otra vez volvía a ser el metro. Levanté la mirada y reconocí su brazo estirado entregándome algo, y desapareció cerrando a su paso las puertas del vagón. Yo estaba entumecida, tarde varios minutos en reaccionar, y cuando por fin reuní las fuerzas necesarias para descubrir su obsequio, bajé la mirada, abrí la mano, y me encontré con mi cartera.